realitat

L’incommensurable Luis Buñuel, al seu llibre de memòries Mi último suspiro, recull en un capítol que titula A favor y en contra la llàstima que li havia produït renunciar sempre ─a darrera hora─, a introduir en algunes pel·lícules una escena d’aquelles en les que els pastissos ─millor de nata─volen cap a la cara d’algun personatge.
Els que hem seguit la seva trajectòria vital sabem de la fama que tenien ─ell, García Lorca i Salvador Dalí─ de riure’s dels que tinguessin la mala sort de creuar-se en el seu camí.
Més tard, quan El discreto encanto de la burguesía està nominada per l’Òscar respon a quatre periodistes mexicans que li pregunten si creu que obtindrà el premi:
            ─¿Cree usted que obtendrá el Óscar, don Luis?
            ─Sí, estoy convencido ─respondo muy seriamente─. Ya he pagado los veinticinco mil dólares que me han pedido. Los norteamericanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.
            Los mexicanos no ven malicia alguna en mis palabras. Cuatro días después, los periódicos mexicanos anuncian que yo he comprado el Óscar por veinticinco mil dólares. Escándalo en Los Ángeles, télex tras télex. Silberman llega de París, muy molesto, y me pregunta qué locura me ha dado. Le respondo que se trata de una broma inocente.
            Después de lo cual, se calman las cosas. Transcurren tres semanas y la película obtiene el Óscar, lo que me permite repetir a mi alrededor:
            Los americanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.

Buñuel vist per Vázquez de Sola
I aquesta sensació es manté fins el 29 de juliol de 1983 ─un any després de publicar les seves memòries─ dia en que Luis Buñuel es mor.


Els seus amics, aquells als que encara els hi prepara una broma pel dia de la seva mort, l’havien cuidat i el tenien present a l’hora d’escriure.

García Lorca ho va fer al darrera d’una foto de tots dos  en una moto de cartró ─pot ser una avioneta?─ en una revetlla a Madrid el 1924:

                        La primera verbena que Dios envía
                        Es la de San Antonio de la Florida.
Luis: en el encanto de la madrugada
Canta mi amistad siempre florecida,
la luna grande luce y rueda
por las altas nubes tranquilas,
mi corazón luce y rueda
en la noche verde y amarilla,
Luis, mi amistad apasionada
hace una trenza con la brisa.
El niño toca el pianillo
triste, sin una sonrisa,
bajo los arcos de papel
estrecho tu mano amiga.

Als seus passos per Madrid, de la seva residència al pis 25 de la Torre de Madrid, queda constància d’un poema de Rafael Alberti:
Luis Buñuel,
cuando viene a Madrid,
vive siempre en el piso
número 25 de esa pálida torre.
Desde aquí puedo verlo.
Qué salvaje de pronto y genial es,
lo mismo que aquel viejo inmortal sordo
que se metía en la cama
con la joven duquesa
sin sacarse ni el barro de las botas.
Luis: te irás al infierno, en el que crees,
y puede ser que Dios vaya de cuando en cuando
a visitarte.
O és Max Aub:

"Al volver a casa no puedo borrar la imagen de Buñuel, apoya­do en la reja de los jardines que comunican con el Campo del Moro, mirando pasar aquella gente española de hoy":

El viejo está asomado en un balcón
de la Torre de Madrid
 viendo la manifestación
enorme frente al Palacio Real.
Cuando empieza a disolverse,
 baja. Se acerca a mirar
a los que vuelven
satisfechos, contentos
de haber visto la mano
en alto
a Franco.
La mayoría son jóvenes
de dieciocho a veinte años.
No quisiera creer
lo que está viendo:
esta mirando
desfilar su pasado.
¡Haber vivido para esto!
Allá, debajo,
gris de invierno,
la casa de campo.

En alguns moments, llegir l’autobiografia de Buñuel, sembla entrar en una antologia del disbarat, tal és la seva vida des de la Residencia de Estudiantes fins a la seva mort, com hem vist.

Per tancar aquest breu record, la seva idea sobre l’eutanàsia i el futur:

“Dentro de muy poco tiempo, estoy convencido, lo espero, una ley autorizará la eutanasia bajo ciertas condiciones. El respeto a la vida humana no tiene sentido cuando conduce a un largo suplicio para el que se va y para los que se quedan”.

“Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periòdicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba”.



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