realitat
El dia: el 6 de juny. Els poetes: un de viu, el cubà Roberto Fernández Retamar ( nascut el 1930) i un altre que es viu a la nostra memòria ─a la personal i a la del Partit─ José María Valverde (mort ara fa 20 anys).

En Roberto Fernández Retamar es dóna la característica dels poetes cubans del segle XIX, que són també els millors assagistes. Al triomf de la revolució ─tenia 30 anys─ ja havia publicat tres volums de poesia i dos assajos. En aquesta època prerevolucionària ja s’evidencia la seva sensibilitat cap a les qüestions socials.

A Elegía como un himno (1950) trobem un elogi dels principis d’un líder combatiu, Rubén Martínez Villena

Alcemos hoy, hombres hermanos,
Hasta la luz, en nuestras manos,
La voz tan roja de sus venas
[...]

A Patrias (1949-1951) hi ha una combinació entre el patriotisme i la preocupació pels més oprimits.

[...]
Y es necesario también, isla,
Que se desboquen las guitarras
Y se preparen los silencios
Y se construyan las palabras
Puras y abiertas que te canten,
Para arrimar más la mañana
Del día claro de relámpagos
En que alzarás tu propia cara,
En que tus manos serán tuyas,
Y una canción esperanzada
Veremos brillar en tu frente
Como una eterna y ancha llama.

Per fi, a Alabanzas, conversaciones (1951-1955) junt a tot l’ideari anterior ─clar a Los oficios─ apareix la sensació de que queda lluny del seu objectiu i no arriba al públic i, per tant, l’aïllament i la solitud es converteixen en una companyia indesitjable

El que habla en soledad

Soledad, que me acompañas
Tan apretada con mis huesos,
Compañía de adentro: márchate.
[...]

I la poesia només es realitza quan s’aconsegueix vèncer la solitud.

Uno escribe un poema

En el agujero del silencio
O sobre la algarabía descuidada infantil,
Encontré un árbol solo con flor rosada
Abriendo su caudal sobre la acera:
Tenía la cresta contra la mañana del cielo,
Y era como una mano, era como
Un pensamiento amigo. Lo poseí
Con tanta fuerza, que nos quedamos aún más solos
El árbol de flor rosada y mi alegría.
Pero luego pensé: triste, acaso imposible
Era este príncipe hasta que yo vine,
Y mis ojos, que atestiguan su perfección,
También le dan realidad. Y esta felicidad
Mía, a solas, quizás es también imposible,
Es como un árbol de flor sin embargo necesaria
Que se desperdicia entre silencio y ruido,
Inexistiendo tal vez, sin el ojo
Que al mirarla, alegrándose,
La haga de veras. Entonces
Uno escribe un poema.

I arribaria la Revolució i, amb ella, tota una declaració de principis: Sí a la Revolución.

El otro

Nosotros los sobrevivientes,
¿A quién debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mi en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
¿Sobre que muerto estoy yo vivo,
Sus huesos quedando en los míos,
Los ojos que le arrancaron, viendo
Por la mirada de mi cara,
Y la mano que no es su mano,
Que no es ya tampoco la mía,
Escribiendo palabras rotas
Donde él no está, en la sobrevida?

1º de enero de 1959

Con las mismas manos

Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.
Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,
Pero los hombres y los muchachos que en sus harapos esperaban
Todavía me dijeron señor.
Están en un caserón a medio derruir,
Con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches
Ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando supieron que yo tenía biblioteca.
(Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato.)
Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata
Sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
Las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una
Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales.
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores,
Y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez
Que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba
Como ahora a mí.
¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas,
Amor, qué lejos ─como uno de otro!
La conversación y el almuerzo
Fueron merecidos, y la amistad del pastor.
Hasta hubo una pareja de enamorados
Que se ruborizaban cuando los señalábamos riendo,
Fumando, después del café.
No hay momento
En que no piense en ti.
Hoy quizá más,
Y mientras ayude a construir esta escuela
Con las mismas manos de acariciarte.

Epitafio de un invasor

Tu bisabuelo cabalgó por Texas,
Violó mexicanas trigueñas y robó caballos
Hasta que se casó con Mary Stonehill y fundó un hogar
De muebles de roble y “God Bless our Home”.
Tu abuelo desembarcó en Santiago de Cuba,
Vio hundirse la Escuadra española, y llevó al hogar
El vaho del ron y una oscura nostalgia de mulatas.
Tu padre, hombre de paz,
Sólo pagó el sueldo de doce muchachos en Guatemala.
Fiel a los tuyos,
Te dispusiste a invadir a Cuba, en el otoño de 1962.

Hoy sirves de abono a las ceibas.

Es bueno recordar

Cuando los nazis hicieron algo así.
En algún sitio de París, con sus negros y sus grises,
Picasso pintó Guernica, y luego le dijo a un general nazi:
“Fueron ustedes quienes lo hicieron.”
Luego, a algunos de esos nazis
Los sentaron en el banquillo de los acusados
Y los ahorcaron.
“Fueron ustedes quienes lo hicieron.”
Es bueno recordar.


José María Valverde va publicar l’any 1981 una selecció de la poesia de Roberto Fernández Retamar. L’introducció és un poema que ens serveix de nexe entre els nostres dos poetes.

De la vieja Cuba, soñada
toda en palmeras y color,
cuando nadie pensaba en ella
la palabra “Revolución”,
me llegó un amigo por carta,
poeta con gracia de voz
clara, irónica y tierna a un tiempo,
y a veces sabio profesor,
en tierra de yanquis incluso,
hasta que algo extraño ocurrió:
barbas armadas, guerrilleros,
lucha y trabajo con fervor.
En otro sitio ya he contado
que al principio no lo vi yo
nada claro, a pesar de tanta
poesía en la rebelión,
pero el furor capitalista
finalmente me convenció
de que aquella era la batalla
justa para dar a favor
de los de abajo, que en la tierra
son los más de la población.
Desde entonces está Roberto
sin cansarse al pie del cañón,
juntando y lanzando palabras
suyas y de otros, en misión,
por más que reformar el mundo
por los pobres no es lo mejor
para el humor del vate lírico
ni para el cultivo del Yo.

Aquí tenéis lo más granado
de tantos años de labor
que no ha cambiado con el cambio
de su mundo y de su nación,
si no es hallando mejor tema
─pero eso lo dirá el lector.


A José María Valverde el sento tant a prop, que no puc deixar passar cap any sense recordar-lo. Ja fa vint anys. He recordat anècdotes i ara un poema que us deixo jutjar a vosaltres.

CARTA A NARCÍS COMADIRA, POR Y PARA SUS “PAPERS PRIVATS”

Querido Comadira: Papers privats me trae
lo mejor de mi tiempo catalán, el paréntesis
de hermosa libertad en que hablé con vosotros,
(con los Lletra-ferits, ¡inefable pandilla!),
de poeta a poetas, ya no “cátedro”, cuando
“por motivos que están” ─es la frase─ “en el ánimo
de todos” no podía teneros por alumnos
─ni falta que os hacía─ en la oscura Alma Mater,
en torno a aquellos “góticos si que vetustos claustros”,
─como es fama que dijo cierto Rector Magnífico,
el Marqués de Carulla─; entonces, en lo abierto,
ya pudimos hablar y leernos de veras.
a San Cugat veníais (¡perdón, a Sant Cugat;
que no se den de baja algunos suscriptores
de la serie!): al ocaso, sin exceder el número
legal de trece, y no por miedo a las denuncias,
sino porque el trabajo del verso es para pocos.
Aparecíais, tímidos, más listos que el demonio,
y, con queso y un trago de neo-Cariñena,
a fondo, trabajábamos. Las conclusiones fueron
positivas y prácticas. Se aprobó mi propuesta
de restaurar el clásico “instruir deleitando”:
nada de inspiración, sino arrimar el hombro,
pero cum grano salis y sin tomarse en serio.
Por tanto, se podía proponer un programa
de ejercicios poéticos, con sus temas y formas,
y el verso serviría para tratar de todo,
para contar las cosas que pasan, discutirlas
y “cantar opinando” ─que dijo Martín Fierro─.
Y así fue: yo tendía, asombrado, el oído
a vuestras poesías, que leíais por turno
─digo lo del oído, porque mi catalán
auditivo es mediocre, y tengo algún comienzo
o vocación de sordo. Además, desconfío
sin motivo de muchos vocablos catalanes
cuando van en un verso. Por ejemplo, tardor,
me resisto a que sea “otoño”, por las buenas,
y no alguna invención floral o noucentista.
... Por cierto, que era extraña la lectura bilingüe,
inocente y sin ánimo de entablar otro diálogo
a lo Riba-Ridruejo sobre el regionalismo
sino porque nos gusta la poesía y la gente
tal como es, como vive y como habla en su tierra.
Yo aprendí mucho entonces. Por ejemplo, tus carta
en verso, Comadira ─con algo de homenaje
a Gabriel Ferrater, “monstruo en su laberinto”,
o “Dante sin Florencia”, como intuí una noche
viéndole en su alta mar lúcida de ginebras─,
son lo que hacía falta para pinchar los globos
y ponernos a hablar y a canturrear de veras.
Tú andas por tu camino, con pocas ilusiones,
avanzando de vuelta de todo ─sin haber
ido, y eso es lo bueno: Juan de Mairena dixit─.
Y tu canción burlona, aunque en el fondo tierna,
ahuyentará a tu paso al duro bienpensante,
al burgués más nefasto, el liberal con ínfulas
de “resistencialista”. (Una lección saqué
después de cuarenta años de ingenuidad: es ésta:
la clase dominante, nuestros dueños no son
nada tontos; lo fingen de puro listos, porque
saben que ya han comprado la letra y el espíritu.
Y aunque a veces recelen de la gente de libros,
que podría notarles el truco, están a salvo:
el intelectual ¡pobre! sigue siempre en las nubes.)
Pero vuelvo a tus versos: me excusaràs que en ellos
vaya hacia mí: me veo un poco en tus canciones,
como en la musiquilla que se pegó a unos años:
veo un otoño suave, y veo Barcelona
con su neblina de humo, sentimental y opaca,
por entre los tacaños chaflanes del Ensanche...
Quizá empiezo a ser viejo. Pasó mi temporada
de libertad sublime. Incluso, estuve a punto
de meterme en el fuego por dejar la sartén:
quiero decir que estuve un tiempo entre los yanquis.
Pero ahora he llegado ─como diría Rilke─
“a la última casa de la última calle”
de la ciudad final, de cara al Polo Norte,
─no os alarméis: más frío pasaba en San Cugat─;
y respiro horizonte, y, enseñando español,
repaso lo pasado y lo nuestro. Y ahora
─con un primer presagio de invierno en este cielo
tan castellano, claro, alto y profundo─ leo
tus versos, y te mando, para todos, abrazos...

(Peterborough, Ontario, Canadá, 1968)


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