realitat

Les històries de l'Eduardo Galeano i un record a Julián Grimau

Moltes vegades, massa sovint pel que nosaltres desitjaríem, la memòria concentra els records. D’ells, alguns ja comencen a córrer el risc de formar part d’alguna de les fosses que esperen a les vores dels camins; d’altres, recents, lluiten per evitar seguir una trajectòria històrica semblant. I el calendari és el que és i no pot allargar-se com si fos de goma. I jo he d’estrènyer l’espai que dedico a aquesta recuperació.

Aquesta quinzena s’uneixen dos personatges: un, el més recent, del món de la literatura i traspassat de mort natural –si es pot parlar d’alguna mort natural- l’uruguaià Eduardo Galeano, el 13 d’abril ara fa un any. L’altre, assassinat pel franquisme, del món de la política, Julián Grimau, el 20 d’abril de 1963.

Del primer tinc molt present encara la seva presència a la plaça de Catalunya de Barcelona, donant suport als “indignats” acampats.
Reviso la biblioteca i compto setze llibres; cap d’ells és de poesia, però els fullejo i la poesia sorgeix de cada breu text, esclata i no puc evitar emocionar-me. Ara és Bocas del tiempo (2004). Allà hi ha com a tres-centes històries. Algunes:

El cine

Geraldine iba a trabajar en una película, en alguna aldea metida en las montañas de Turquía.
La primera tarde salió a caminar. No había nadie, casi nadie, en las calles. Pocos hombres, mujer ninguna. Pero a la vuelta de una esquina, se topó, de sopetón, con un enjambre de muchachos.
Geraldine miró a los costados, miró hacia atrás: estaba cercada, no tenía escapatoria. La garganta se negó a gritar. Sin palabras, ofreció lo que tenía: el reloj, el dinero.
Los muchachos rieron. No, no era eso. Y hablando algo más o menos parecido al inglés, le preguntaron si ella era la hija de Chaplin.
Geraldine, atónita, asintió. Y recién entonces advirtió que los muchachos se habían pintado bigotitos negros, y que cada uno tenía una rama a modo de bastón.
Y la función empezó.
Y todos fueron él.

El jacarandá

En las noches, Norberto Paso acarreaba bolsas en el puerto de Buenos Aires.
En los días, lejos del puerto, levantaba esta casa. Blanca le subía los ladrillos y los baldes de mezcla, y las paredes iban creciendo en torno al patio de tierra.
Esta casa estaba a medio hacer cuando Blanca trajo un jacarandá del mercado. Era un árbol chiquito, ella había pagado un platal, Norberto se agarró la cabeza:
─Estás loca─dijo. Y la ayudó a plantarlo.
Cuando terminaron esta casa, Blanca murió.
Ahora han pasado los años, y Norberto sale poco. Una vez por semana, viaja unas horas hasta el centro de la ciudad, y se junta con otros viejos que protestan porque la jubilación es una mierda que no alcanza ni para pagar la soga donde colgarse.
Cuando Norberto regresa, tarde en la noche, el jacarandá lo está esperando.

El cantor

Cuando Alfredo Zitarrosa murió en Montevideo, su amigo Juceca subió con él hasta los portones del Paraíso, por no dejarlo solo en esos trámites. Y cuando volvió, Juceca nos contó lo que había escuchado.
San Pedro preguntó nombre, edad, oficio.
─Cantor─dijo Alfredo.
El portero quiso saber: cantor de qué.
─Milongas─dijo Alfredo.
San Pedro no conocía. Lo picó la curiosidad, y mandó:
─Cante.
Alfredo cantó. Una milonga, dos, cien. San Pedro quería que aquello no acabara nunca. La voz de Alfredo, que tanto había hecho vibrar los suelos, estaba haciendo vibrar los cielos.
Y Dios, que andaba por ahí pastoreando nubes, paró la oreja. Y contó Juceca que ésa fue la única vez que Dios no supo quién era Dios.

El cartero

Lo vi en el ataúd, con esa cara plàcida y jodona, y pensé: no se puede creer. El Gordo Soriano se estaba haciendo el muerto.
Me lo confirmó Manuel, el hijo, idéntico al Gordo aunque más chiquito. Él me dijo que le había dado una carta al padre, para que se la entregara a Filipi.
Filipi, su amigo, había muerto un poco antes. Filipi era lagartija. Una lagartija rara, que tenía costumbres de camaleón i cambiaba de color cuando quería. En la carta, Manuel le enseñaba un juego, para que pudiera entretenerse en la muerte, que es muy aburrida. Para jugar ese juego, había que escribir no sé qué letras. “Usá las uñas, Filipi”, lo instruía Manuel.
Estaba claro. Osvaldo Soriano se había pasado la vida escribiendo cuentos y novelas, cartas enviadas a sus lectores, y ahora estaba trabajando de cartero. En un rato volvía.

Eduardo Galeano era un vividor d’històries. Tots els sentits sempre oberts, com un radar per captar-les. I una gran facilitat per contar-les, per escriure-les. A El libro de los abrazos (1989):

Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve, ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos,
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

La muerte

Ni diez personas iban a los últimos recitales del poeta español Blas de Otero. Pero cuando Blas de Otero murió, muchos miles de personas acudieron al homenaje fúnebre que se le hizo en la plaza de toros de Madrid. Él no se enteró.

I així podríem seguir. Tot el dia i tota la nit, i els mesos i els anys...
I mai ens cansaríem.

* * *



Dos poemes dedicats a la memòria de Julián Grimau i publicats en un petit llibre de l’Editorial Progreso, a Julián Grimau (anterior a 1966).

AL SON DE LA HISTORIA

A Julián Grimau García

1

JULIÁN GRIMAU GARCÍA
─crisol de idea y hazaña─,
sobre la tierra de España
llueve tu sangre bravía.
Llueve, porque la jauría
la derrama y se la bebe,
pero esta sangre que llueve
desde la angustia española,
encenderá una amapola
de fuego sobre la nieve.

2

Julián Grimau García,
no tenían otra prueba
contra ti, que esa luz nueva,
precursora del Gran Día.
Ah, pero la tiranía
de Franco, en su infamia doble,
troncha tu vida de roble,
quiere sepuktar tu grito,
porque en España es delito
alentar un sueño noble.

3

Pero las Ideas buenas
son un campo labrantío
que tiene su regadío
en el canal de las venas.
Ignorantes son las hienas
al pensar que tu hidalguía
está bajo tierra fría
y en eterno sueño blando:
¡tú estás arriba y peleando
Julián Grimau García!

“El Indio Naborí” (Cuba)


¡¡¡MADRE!!!

(A Julián Grimau)

Bombardearon robles,
encendieron llanos en sangre
¿un roble más?
¡Qué fáciles los besos
y occidental sonrisa miserable!

Pero desde el principio
─más que hitleriano el régimen─
muerde a los hijos de su misma madre
¡dos millones de muertos españoles!

¡Julián Grimau!
¡Un pequeño detalle...!
Y que como en la guerra
ellos recurren a los mercenarios
que no derraman lágrimas
cuando matan a alguien.

Pero una torre nueva,
pero una nueva fuerza
se hace calle.

Porque quedan aún
muchos ardientes hijos
nacidos de la misma
ensangrentada y tierna
desesperada
Madre.
Y un bulto oscuro,
un cañón enlutado
se retuerce en los llanos
sobre el hambre.

Y una lágrima blanca...
cae de unos labios secos
a paridora falda
tremolante...

¡España, Madre,
ya no soportes más,
no aguantes más que te disfracen
de madrastra-fusil
ni que te acusen
de que mataste a Padre!

José Herrera Petere



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