realitat
El 30 de setembre passat vaig rebre el correu d'una petició, d'aquestes que volten per les rets socials: Que la Real Academia Española nomeni acadèmica a Gertrudis Gómez de Avellaneda rebutjada, en el seu moment, per ser dona.

La petició considera que el 23 de març d'aquest any, que es compleix el bicentenari del seu naixement, podria ser una bona data per homenatjar-la, nomenant-la Acadèmica de la Llengua a títol pòstum o Acadèmica Honorífica, el que millor vagi amb els estatuts de la RAE.

Està clar que vaig signar la petició. Per vàries raons enumerades sense un ordre d'importància: per ser dona i mare soltera al segle XIX; per tenir, l'escriptora cubana-espanyola, els suficients mèrits literaris ─dinou obres de teatre, nou novel·les i alguns llibres de poesia─; avançar-se vint anys a la publicació de "La cabanya de
l'oncle Tom" en la denúncia de l'esclavisme i, per si aquests no fossin prou mèrits, tenir com a promotor de la negativa al seu ingrés a l'Acadèmia, l'inquisidor Marcelino Menéndez y Pelayo.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, nascuda a Camagüey, Cuba i morta a Madrid als 59 anys, tenia mèrits més que suficients per ocupar una cadira acadèmica, però... els temps no anaven a la mateixa velocitat. I aprofundint una mica en la vida i l'obra de l'escriptora, dubto que els temps haguessin arribat, ara, a una solució diferent a la
d'aquells moments. Gertrudis Gómez de Avellaneda tenia un component familiar basc per les dues branques familiars ─Gómez de Avellaneda y Arteaga─, que la relegaria, amb moltes possibilitats en la llista d'espera.

Als seus antecedents dedicarà alguna obra, no massa, que no s'allunya dels tòpics de l'imaginari dels intel·lectuals bascos d'aquella època. Un exemple és el poema dedicat

Al árbol de Guernica (en la seva ortografia):

Tus cuerdas de oro en vibración sonora
vuelve a agitar, ¡oh lira!,
que en este ambiente, que aromado gira,
su inercia sacudiendo abrumadora
la mente creadora,
de nuevo el fuego de entusiasmo aspira.

¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,
padrón es de alta gloria...
de un pueblo ilustre interesante historia...,
de augusta libertad sencillo templo,
que —al mundo dando ejemplo—
del patrio amor consagra la memoria.

Piérdese en noche de los tiempos densa
su origen venerable;
mas ¿qué siglo evocar que no nos hable
de hechos ligados a su vida inmensa,
que en sí sola condensa
la de una raza antigua e indomable?...

Se transforman doquier las sociedades;
pasan generaciones;
caducan leyes; húndense naciones...
y el árbol de las vascas libertades
a futuras edades
trasmite fiel sus santas tradiciones.

Siempre inmutables son, bajo este cielo,
costumbres, ley, idioma...
¡Las invencibles águilas de Roma
aquí abatieron su atrevido vuelo,
y aquí luctuoso velo
cubrió la media luna de Mahoma!

Nunca abrigaron mercenarias greyes
las ramas seculares,
que a Vizcaya cobijan tutelares;
y a cuya sombra poderosos reyes
democráticas leyes
juraban ante jueces populares.

¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra
respetuoso mi acento,
y en ti se fija ufano el pensamiento,
me parece crecer bajo tu sombra,
y en tu florida alfombra
con lícita altivez la planta asiento.

¡Salve! ¡La humana dignidad se encumbra
en esta tierra noble
que tú proteges, perdurable roble,
que el sol sereno de Vizcaya alumbra,
y do el Cosnoaga inmoble
llega a tus pies en colosal penumbra!

¿En dónde hallar un corazón tan frío,
que a tu aspecto no lata,
sintiendo que se enciende y se dilata?
¿Quién de tu nombre ignora el poderío,
o en su desdén impío,
tu vejez santa con amor no acata?

Allá desde el retiro silencioso
donde del hombre huía
—al par que sus derechos defendía—,
del de Ginebra pensador fogoso,
con vuelo poderoso,
llegaba a ti la inquieta fantasía;

y arrebatado en entusiasmo ardiente
—pues nunca helarlo pudo
de injusta suerte el ímpetu sañudo—,
postró a tu austera majestad la frente
y en página elocuente
supo dejarte un inmortal saludo.

La Convención Francesa, de su seno
ve a un tribuno afamado,
levantarse de súbito, inspirado,
a bendecirte, de emociones lleno...
Y del aplauso al trueno
retiembla al punto el artesón dorado.

Lo antigua que es la libertad proclamas...
—¡Tú eres su monumento!—
Por eso cuando agita raudo viento
la secular belleza de tus ramas,
pienso que en mí derramas
de aquel genio divino el ígneo aliento.

Cual signo suyo mi alma te venera,
y cuando aquí me humillo
de tu vejez ante el eterno brillo,
recuerdo, roble augusto, que doquiera
que el numen sacro impera,
un árbol es su símbolo sencillo.

Mas, ¡ah, silencio!... El sol desaparece
tras la cumbre vecina,
que va envolviendo pálida neblina...
se enluta el cielo..., el aire se adormece...
tu sombra crece y crece...
¡Y sola aquí tu majestad domina!



No obstant, aquest cant a un símbol d'Euskal Herria és una paradoxa al comparar-lo amb el fervor amb el que canta el patriotisme espanyol que no és sinó el culpable de la destrucció de l'arbre de Gernika i la desaparició de les llibertats basques.

Durant les vacances de 1858 i 1859 va recórrer Euskal Herria, des de Bilbao fins a Bagnères de Bigorre, recollint tot un seguit de tradicions orals que publicaria com articles de viatge: La Dama de Amboto, La vella Toda, Los doce jabalíes, La flor del ángel o La ondina del lago azul.

Serveixi aquest darrer poema, Paisaje guipuzcoano, per mostrar l'interès de la nostra autora per les terres dels seus avantpassats i, al mateix temps, per donar una petita empenta en la línia de la petició esmentada a l'inici.

Suspende, mi caro amigo,
tus pasos por un instante:
no está la ermita distante,
y apenas las cinco son.
Ven a admirar —bajo el toldo
de aquellos verdes ramajes—
los pintorescos paisajes
de esta encantada región.

Mira a tus pies ese río,
cuyas herbosas orillas
millones de florecillas
cubren, difundiendo olor;
y desde el borde escarpado
oye las mansas corrientes
deslizarse transparentes
con soñoliento rumor.

Hileras de álamos blancos,
que el hondo cauce sombrean,
sus altas copas cimbrean
del viento al soplo fugaz;
mientras pescan silenciosos,
con luengas cañas y anzuelos,
dos vigorosos chicuelos
de viva y morena faz.

Mira en torno cuál se extienden
cuadros de trigos dorados,
por ricas franjas cortados
de verde-oscuro maíz;
y esos tan varios helechos
—fieles hijos de las sombras—
que prestan al bosque alfombras
de primoroso matiz.

¿Ves allá los caseríos
—que siembran el valle a trechos—
levantar sus rojos techos
de entre el verde castañar?
¿Ves cuál visten sus paredes
de parra lindos festones,
y cómo van los gorriones
sus racimos a picar?

Mas que ya las chimeneas
despiden humo, repara,
anunciando se prepara
la cena del segador;
y a las vacas lentamente
mira bajar de esos cerros,
llamando con sus cencerros
al perezoso pastor.

Mas, ¡oh, ve! también desciende,
saltando por entre breñas,
turba de niñas risueñas
que acá parece venir.
Sí; no hay duda, ramilletes
nos ofrecen con empeño...
¿Comprendes tú, caro dueño,
lo que nos quieren decir?

¡Ah!, sabe que esos perfumes,
que rinden cual homenaje,
solo son mudo lenguaje
de un triste y constante afán;
pues —con rara poesía—
el mendigo guipuzcoano,
cubre de flores la mano
que tiende pidiendo pan.

Acepta al punto, ¡querido!
¿quién hay que negarse pueda
a cambiar una moneda
por cada hermoso clavel?
Venid, niñas, cada tarde;
yo en el trueque me intereso,
y si al ramo unís un beso
garante os salgo de él.

¡Pero no entienden!... ¡Se alejan!
Mira por esos barrancos
saltar, desnudos y blancos,
sus breves y lindos pies...
Se detienen, se sonríen
viendo en mi pecho sus ramos,
y ligeras como gamos
desaparecen después.

Mientras tanto las montañas
sus picachos desiguales
van envolviendo en cendales
de gualda, azul y arrebol,
y en su carro majestuoso
—surcando el tibio occidente—
hunde a su espalda la frente,
cansado de vida, el sol.

A su postrera mirada
y a su postrera sonrisa,
suspiros vuelve la brisa,
perfumes vuelve la flor,
y llanto puro los cielos
vierten en el valle umbrío,
que lo convierte en rocío
de delicioso frescor.

¡Oh, mira! Ya por las faldas,
que cubren altos castaños,
bajando van los rebaños
para acogerse al redil...
Ya los niños sus anzuelos
han recogido y su pesca,
y se van armando gresca
con regocijo infantil.


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Les coses són senceres allò que aparenten, i darrera d'elles... no hi ha res.

Jean-Paul Sartre

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